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El Big Boing

Advertencia: este post puede llegar a ser un embole.

O Big Bounce, si lo quiere llamar como lo llama todo el mundo (?).

En los últimos días salió por todos lados la noticia de avances científicos que indicarían que es muy posible que el universo en que vivimos no haya nacido de la nada, de ese punto de densidad increíble o algo así al que llamamos Big Bang. No. Parece ser que el universo proviene de un “gran rebote” de un universo anterior, y que a su vez este vendría de otro rebote de otro universo, y así, por toda la eternidad.

Por toda la eternidad. Eso es lo que asusta. La eternidad. Éramos más felices (?) pensando que un día, así enderepente arrancó todo, y ya. Pero no. Parece que venimos rebotando.

¿Venimos dije? Sí, venimos. Y he aquí lo que me asusta:

Si el universo siempre fue, siempre estuvo, por toda la eternidad, quizá estemos vivendo otra vez una misma vida. Me explico:

Imaginemos desde cada “nacimiento” del mundo, desde cada rebote, la combinación de cosas que pasan hasta que vuelve a consumirse para dar lugar a un nuevo rebote. Esto implica desde el nacimiento de un planeta hasta el mínimo movimiento de un electrón. Hasta este mismo post. Todo, absolutamente todo lo que sucede, sucedió y sucederá en nuestro universo. Cada una de nuestras vidas, cada una de nuestras decisiones.

Obviamente es una combinatoria de posibilidades inconmensurable. No tenemos forma de poder decir cuánto. Es de tan grande, casi infinita. ¿Pero es infinita o finita?
Me huele que la combinación de eventos (llamemos evento a cualquier cambio de cualquier índole producido por cualquier cosa, sólo porque no se me ocurre una palabra mejor, y porque el blog es mío y vio usted como somos los bloggers cuando estamos en caprichosos) es finita. Muy posiblemente esté equivocado y alguien me desasne en un comentario. Pero para mí es finita, qué quiere que le diga.

Ahora bien, si la combinación de eventos posibles es finita, y está incluida dentro de la sucesión de rebotes, que es infinita (y es infinita en ambas puntas, o sea, también hacia atrás), estamos en condiciones de afirmar que al menos una de esas combinaciones ya sucedió al menos dos veces. No acabo de descubrir nada nuevo, esto se llama Principio del Palomar y lo descubrió un flaco hace -mínimo- más de un siglo.

De acá a pensar que, claro, quizá juuuusto la combinación de eventos que se repite es la que estamos viviendo ahora y esto que estoy escribiendo, bueno, simplemente ya fue escrito (pero la vez anterior hubo cero comentarios ;) ).

Y he aquí lo espantoso: si ya sucedieron todas las combinaciones posibles, en algún rebote anterior besé a la chica que, en este rebote, no me atreví a besar. Pero nunca sabré lo que sucedió después.

Paradojas del cambio de horario

Así es, por si algún caído del catre no se enteró, hoy sábado a las 0.00, eludiremos el domingo y deberemos volver a atrasar los relojes para que marquen las 23.00.
 
Más allá de la molestia que esto generará a varios sobrinos de tías Pochas que, como ésta no comprende cómo se cambia la hora en el reloj digital de $5 que le regalaron para el día de la mujer -reemplácese por onomástico correspondiente-, deberán acercarse en breve a la casa para fingir fugazmente una capacidad relojera que, en realidad, no poseen (no apostaría dos pesos por la cohesión de esta eterna frase); este cambio de horario generará unas modestas paradojas de barrio.
 
Por ejemplo: supongamos que vamos a ver un espectáculo teatral que comience a las 0.00, con una duración de una hora.
• Los espectadores, una vez llegada la hora del comienzo, deberán esperar una hora más para que comience.
• Si, en cambio, no los hacen esperar, y arrancan la función, recibirán las quejas de quienes llegaron tarde, los que -blandiendo en sus muñecas ajustados relojes- reclamarán que todavía no debería haber empezado, y por ello pedirán la devolución del dinero de las entradas.
• El mismo público que sí pudo ver la función, saldrá ofuscado de la sala -también pidiendo que le devuelvan el dinero-, alegando que el espectáculo duró 0 minutos, puesto que arrancó a la medianoche y terminó a la medianoche.
 
Y además:
• El locutor del noticiero de las 23.30 tendrá un extraño deja vu cuando, una hora después, vuelva a dar las noticias de las 23.30. Agobiado por estas circunstancias (y por tener que dar las noticias todos los días), saldrá corriendo desnudo por la autopista Buenos Aires – La Plata, para suicidarse en Punta Lara.
• Quienes cumplan años el día domingo, recibirán los respectivos llamados de salutación a la medianoche y, una hora más tarde, recibirán los respectivos llamados de salutación, a la medianoche. Es decir, cumplirán años dos veces o, lo que es peor, habrán perdido en una hora un año de vida.
• Miles de astrólogos en el país dejarán su profesión y morirán en la miseria cuando, 20 años más tarde, se les presenten clientes que quieren hacerse la carta natal e indiquen como fecha de nacimiento el sábado 15 de marzo de 2008, a las 23.45 horas.
• Miles de clientes de aquellos astrólogos que no se retiraron en el punto anterior, recibirán una carta natal errónea, y serán atropellados, sufrirán accidentes o ganarán la lotería, sólo por vivir el destino de otras personas una hora más viejas.

Rara coincidencia

Hay algo que une a estas dos -poco cercanas- cosas:
 
 

 
 
Difícil, ¿no? Surge una catarata de dudas: ¿Qué extraña conexión tienen unas gomitas de gelatina de colores con una isla del Pacífico? ¿Con qué se droga el autor del blog? ¿Nos convidará? Pero sin embargo…
 
 
La imagen de la izquierda corresponde a los viejos y queridos Ositos Yummy (si los habré comido), unas gomitas de gelatina de varios colores y sabores. La imagen de la derecha, pertenece a una de las islas que conforman la república de Vanuatu, un pequeño país en el Océano Pacífico Sur.
 
Si bien esto no aclara nada, he aquí la cuestión: ¿recuerdan la canción de las gomitas Yummy?
Decía:
 

Yummy, Yummy, Yummy,
Yummy es transparente;
Yummy, Yummy, Yummy,
tiene gelatina.
Yummy, Yummy, Yummy,
es el sabor más rico,
Yummy es todo sabor.

 
Ahora bien, veamos el himno nacional de Vanuatu:
 

Yumi, Yumi, Yumi,
i glat blong talem se,
Yumi, Yumi, Yumi,
i man blong Vanuatu!

 
 
No es una cargada: sucede que en Bislama -un dialecto melanesio-, “Yumi” significa “Nosotros”. Otro de esos tantos conocimientos que nunca nos servirán para nada.
 
 
 
PS: Otro día hablaremos de golosinas. Pasa que quedé muy traumado con esta:
 

No chatear en semana santa

Justo cuando por varios lugares vengo de leer la bronca que genera el que corten la 9 de Julio por el festival de Luis Palau; y de la ingeniosa lista de Bater -encuesta incluída- acerca de “¿Cuál será el próximo grupo religioso en hacer algo en la ciudad y en dónde?”; me encuentro con este hermoso WTF?:
 

(Click en la imagen para verla grande, click acá para ver la noticia entera)
 
El tema, en pocas palabras, es así: un par de curas correntinos piden que -aparte de no comer carne, abstinencia, etc- la gente se prive de las cosas más “habituales y placenteras de esta era”. Ergo, piden que no se chatee en semana santa (que no se chatee, no se vea tele, no se use el celular, etc).
 
Más allá de este “original” pedido de que uno se convierta en amish por dos o tres días, podríamos entonces sumarles algunas ideas… escoja la que más se adapte a sus placeres diarios (pero “escoja” ahora, que en semana santa no se puede “escojer”…):
 
• No mirar Lost ni bajarse ningún capítulo (para casos como el de quien escribe, adáptese a “obligarse a bajar un capítulo de Lost, y mirarlo”).
• No twittear “¡¿Otra vez pescado?!” (aunque se puede malentender).
• No lastrarse las uñas (no es por semana santa, es por su salú).
• No tomar mate (e dopo morire).
• Apagar la radio y escuchar las obras completas de Wagner. Si le gusta Wagner, la “prenda” es prender la radio.
• No hacer un send-to-all de un power-point-religiocursi acerca de las Pascuas. Recuerde que debe resistir la tentación (más allá de ser pecado). Si en cambio usted recibe ese ppt… puede putear al destinatario, su prole y ascendientes como habitualmente lo hace. Un mini-jubileo que le otorgamos.
• No postear. No, no y no.
• No comer pollo, pescados, harinas, vegetales hechos en cualquier forma que le resulte sabrosa. Si usted es un católico residente en la India, su desafío es lastrarse media res. Al trote.
• No leer posts herejes como este. Netvibes, Bloglines, Google Reader y el mismísimo Feedburner se adherirían a esta propuesta para evitarle caer en el pecado. Ah, ya cayó. Jódase, va a tener que esperar otro año. Disculpe que le avisamos casi al final.
 
 
Esta lista es mínima e incompleta, pero casi seguro será sustanciosamente aumentada con el ingenio de nuestros habituales lectores. Agéndese el post, y visítelo en vísperas de tan ansiada fecha.
 
Yo, por mi parte, me voy preparando para un sacrificado, introspectivo, abstinente y reflexivo bife de chorizo.
 
 
 
Edit PP (post-post): En esta última imagen, se pueden apreciar dos cosas: la primera, la decoración de las verduritas forma una cruz, con lo que calculo que será un bife de chorizo “a la romana”. Capaz está permitido.
La segunda, algo más intrigante… ¿¿¿me querés decir cómo carajo te comés ese bife con los cubiertos suministrados???

Idea brillante

Se me acaba de ocurrir plantar muchos cítricos juntos, muchos muchos. Así, tendría un “bosque de cítricos”. Luego, de allí podría sacar “citrus”. Pero a la vez están formando un bosque. Ergo, serían “frutos del bosque”.
 
Con lo que lograría citrus y frutos del bosque al mismo tiempo. Tiemblen, empresas alimenticias.
 
 
 
 
PP 1 (pos-post 1): Esto podría hacerse, también, sino tenemos tantos cítricos, plantando los que tengamos en forma desperdigada en medio del bosque.
PP 2 (pos-post 2): El silogismo anterior se puede hacer porque está aplicada a los gustos una clasificación, que en algún momento le escuché al Negro Dolina, y a la que podríamos llamar “clasificación inoperante” (no recuerdo si se lo escuché, o si lo leí en algún cuento suyo, ni tampoco si el la llama así). Consiste en clasificar las cosas en categorías que, en realidad, no se anulan entre sí. Por ejemplo, clasificar las cosas en tres grupos: “rojas”, “que están arriba de la mesa” y “que pertenecen al emperador”. Citrus y frutos del bosque no se anulan entre sí, y de la misma manera podemos agregar más “sabores”: “alemán”, “en sachet”, “de color morado”, “bebible”, etc.
PP 3 (pos-post 3): No sé bien los motivos de esta manía de sabores nuevos, pero se me hace que uno es para no estar obligados a darnos algo en particular (algo esbocé la vez pasada). Me explico: si el sabor fuera “pomelo”, puede tener más o menos gusto, un color más o menos parecido, más o menos olor a la fruta, pero -más allá de que después el producto nos guste o no- tiene que saber, oler y tener color a pomelo. Aunque sea un poco. Sino, nuestra primera impresión sería “esto no es pomelo”.
Con estos nuevos “gustos” (citrus, frutos del bosque, frutas tropicales y otros abusos de la metonimia) las condiciones simplemente se limitan a: me gusta o no. El “citrus” puede ser amarillo, rosadito, naranja, o lo que a usted se le ocurra. Y es uno de los más benévolos, porque al menos tiene que tener un sabor algo ácido, como los cítricos. “Frutas tropicales” directamente puede ser de cualquier color, y saber a cualquier cosa. No podemos afirmar ni negar que esa mezcla tenga o no gusto, color ni olor a frutas tropicales, simplemente porque a priori no sabemos qué combinación es, es una clasificación excesivamente abierta. Es como si yo hiciera un gusto que fuera “frutas del mundo”.

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